domingo, 16 de junio de 2019

Corrupción (y 2)




Asuntos de trabajo me llevaron hace unos días a Roma, con la suficiente fortuna de poder tomar algo de tiempo libre para pasear e intentar perderme por el centro. Una vez más he tenido en Italia una especie de síndrome de Stendhal y casi acabo sepultado en medio de tanta belleza. Italia reúne como ningún otro lugar una rara mezcla de decadencia y belleza que abruma al visitante que quiera dejarse llevar por lo que tiene a la vista y no por coleccionar sellos en una inexistente tarjeta del turista; es increíble la rapidez con la que pueden llegar a ir algunos con tal de “verlo todo”, algo que nunca he sabido qué es. 

Cámara en mano tenía que estar atento a las motos y coches que embisten literalmente al peatón despistado; después de varias horas de paseo uno llega a cansarse de tanto ruido de vehículos, coches mal aparcados por todas partes, filas interminables de motos contra los muros; en esas andaba yo cuando decidí tomar un respiro, una terraza en un rincón algo más aislado del tráfico y algo de tiempo para pensar y escribir. 

Si hay un país en Europa que acumula tópicos ese es Italia sin ninguna duda, y ninguno seguramente más potente que el relacionado con la mafia y todo tipo de corrupción. Es difícil no pensar en ello cuando uno ha dedicado una parte nada desdeñable de sus lecturas de los últimos años a autores como Andrea Camilleri, Donna Leon o Roberto Saviano; y también era difícil no pensar en España y en los niveles de corrupción profesional que hemos alcanzado. Cuándo se fastidió todo? En qué momento empiezan los ciudadanos a convivir con la corrupción sin que se perciba como tal? Cuál es el límite entre corrupción organizada y el engrasamiento de una máquina administrativa para que funcione?

Hay una pendiente muy resbaladiza y peligrosa por la que la sociedad española lleva cayendo desde hace tiempo. Soy pesimista respecto a las posibles soluciones, porque no veo un ancla democrática suficientemente arraigada que permita encontrar referencias en el horizonte antes de seguir navegando. No hablo de partidos políticos, en los que no veo soluciones, sino de una sociedad que se ha acostumbrado a que las cosas sean así porque, reconozcámoslo, siempre fueron un poco así. Dicho de otro modo, en España siempre hubo una forma rápida e ilegítima de enriquecerse; del otro lado siempre hubo siervos dispuestos a bailar alrededor de las fortunas esperando que cayeran las migajas. 

Habrá un cambio alguna vez? Empezaremos a ver que la Justicia hace su trabajo con los malhechores? Comprenderemos entre todos la importancia de lo público frente al beneficio privado? Ojalá, espero sinceramente vivir lo suficiente para ver que hay cosas que cambian, pero no puedo evitar vivir momentos en los que tengo que luchar con la falta de paciencia por ver ese día. Toda esperanza pasa por una cosa, algo imprescindible para que algo cambie: que la Justicia sea de una vez implacable con los malhechores que han metido la mano en la caja, con los corruptores y con los corrompidos. Sin eso no habrá ninguna regeneración posible.




Como siempre acabo con música, cuestión de no dejarme llevar por el desánimo, y esta vez lo hago por donde empecé, con Roma. Es una grabación del grupo L’Arpeggiata, que mezcla música antigua con música popular, y de qué manera. Hace unos años nos contó la cantante Lucilla Galeazzi el origen de esta canción: años sesenta en Roma, momentos de protesta y de éxodo a las grandes ciudades, donde faltaban viviendas y se hizo popular esta canción reivindicativa: Voglio una casa. Sobran las traducciones, si escuchándola os entran ganas de cantar ese din-di-rin-din del estribillo que no os extrañe, en los conciertos en vivo Galeazzi pone al público a cantar, me consta.





jueves, 13 de junio de 2019

Corrupción (1)


Una noticia aparecida hoy en la prensa, una más de la historia interminable de corrupción que es España, me ha animado a escribir esta entrada que llevo en la cabeza desde hace mucho. Para la historia que quiero contar tengo que recurrir a mi amigo Marcial, nombre ficticio de alguien real y tan vivo que no debo utilizar su verdadero nombre. Alrededor de 1990 vino un día contento porque por fin había encontrado un trabajo que le permitiría vivir dignamente, y encima le gustaba lo que hacía. Lo habían contratado en una empresa que hacía proyectos de ingeniería, o eso entendí yo; grandes proyectos, puentes, carreteras, infraestructuras costosas que suelen hacer grandes constructoras a partir de dineros de las administraciones públicas. Teníamos tantas cosas de que hablar que de su trabajo no hablábamos mucho, la empresa era nueva, crecía lentamente, tenía salud financiera y, lo más importante, él estaba seguro en su puesto de trabajo. Sabía que trabajaban mucho en España, aunque alguna cosa empezaban a hacer en el extranjero, hasta que llegó 1996, elecciones generales, fin de la era Felipe González y el innombrable del bigote fue nombrado presidente; a partir de ese momento mi amigo Marcial siguió presentando proyectos en el Ministerio de Fomento, pero la empresa ya no ganó nada porque, según me dijo, había una directiva de trabajar con una lista cerrada de empresas donde no figuraba la de Marcial, y la empresa tuvo que buscar trabajo en otros países, y lo hizo con la suficiente fortuna como para seguir aumentando en tamaño y en trabajo.

Pasó el tiempo y en nuestros encuentros alguna vez le preguntaba, pero la respuesta era siempre que con el bigotudo de presidente para ellos pintaban bastos y el pastel se lo repartían otros. Llegó 2004, otro cambio de Gobierno y, casualidades de la vida, ellos empezaron de nuevo a poner un pie en proyectos españoles, hasta 2011 donde todo volvió a la casilla anterior. Fue después cuando me contó más detalles, y son dignos de ser conocidos, de cómo hacía en las dos épocas que he descrito, según qué partido gobernase. La acción que él me contaba era simple, salía un concurso público y las empresas presentaban su proyecto en el Ministerio. Sencillo, él era el encargado de entregar físicamente los proyectos. 

En una época él llegaba a recepción, proyecto en mano, dejaba una copia, la otra se la sellaban, recibía un resguardo y volvía a la oficina; concurso público que luego ganaban o no. En la otra época tenía que hacer una “entrega en mano”, subir al despacho de algún personaje del Ministerio, que le recibía junto con los gerifaltes de otras empresas, puro o copa en la mano, brindando por lo que ya estaba decidido, y mi amigo Marcial, aunque sabía de lo inútil de su acción, entregaba de todos modos el proyecto y volvía a la oficina, aunque con un ánimo diferente al de la primera etapa. 

El lector no necesita saber más detalles para reconocer a qué Gobiernos pertenece cada etapa, y comprender qué difícil es a veces ser honrado e intentar ganar un trabajo, un proyecto, sin dejarte la honestidad por el camino. A día de hoy, que yo sepa, la empresa sigue teniendo un estado financiero saludable, trabaja mucho en el extranjero y en España todavía no ha vendido su alma al diablo por un plato de lentejas. Me alegro por ellos.

Marcial sigue siendo un gran amigo, espero que no se moleste por lo que aquí he contado. Tengo más amigos, y a veces alguno te cuenta cosas; las empresas constructoras pagan impuestos en las localidades donde hacen obras, seguramente se llamará licencia de obras o algo así. A mayor obra más impuestos. Otro amigo, al que no voy a nombrar, me contó que llevaba bolsas con dinero, mucho dinero, demasiado dinero, en efectivo porque el ayuntamiento obligaba a pagar en metálico estos impuestos… Todo el mundo conoce hoy el nombre de ese ayuntamiento cerca de Madrid porque es uno de los más corruptos, puede que el que más, su ex-alcalde está… bueno, qué más da.

Uno lee las noticias estos días, veo sonrisas de hienas de los políticos de ese partido tan popular en España, leo las noticias y donde leo pactos yo solo veo los futuros actos de rapiña. Hasta cuando?


Continuará.

sábado, 4 de mayo de 2019

La velocidad de las nubes


Fotografía: portada de La velocidad de las nubes, de Ana Fructuoso Ros


Querida Ana:

por fin he conseguido hacerme con un ejemplar de tu novela La velocidad de las nubes. Te prometí devorarlo en cuanto lo tuviera, pero no he podido, me ha sido imposible hacerlo por dos razones; la primera, ciertas ocupaciones que me han tenido prácticamente secuestrado en Madrid con una taladradora en una mano y un destornillador en la otra; la segunda está ya más ligada directamente a tu novela y que me han hecho ir despacio para mejorar la digestión. No lo lamento.

Comparto con Matilde, la protagonista y narradora de La velocidad de las nubes, una serie de vivencias que no son siempre fáciles para mí de recordar y asumir. Más o menos de su edad, yo también vengo de una familia digamos conservadora, y tuve una educación también muy religiosa y ligada al catolicismo imperante en los sesenta. El recorrido de Matilde para dejar atrás un tiempo y una educación que no se correspondían con los cambios que la sociedad pedía a gritos tras la muerte del dictador no me son ajenos, y leerlos ha sido como si estuviera mirándome en un espejo en el que no me gusta todo lo que veo. Tal y como yo haría dos años después que la protagonista, ella también viene a Madrid para estudiar en la universidad. A partir de ese momento el recorrido de Matilde tiene menos coincidencias con el mío, pero no por ello he dejado de identificarme con lo que ella vive: búsqueda de una personalidad propia, huida de unas raíces percibidas como castradoras, lucha permanente contra el sentimiento de culpa grabado a fuego por la educación católica… 

Matilde va a vivir el amor, el desamor, la lucha contra sí misma, la confrontación entre un proyecto de vida y la dura realidad, el avance del tiempo que todo se lo lleva por delante… y la culpa, ese sentimiento tan atroz, siempre presente y que la persigue, quien sabe hasta donde. Me ha gustado particularmente que Matilde no se encuentre consigo misma hasta rechazar lo más fácil, lo más evidente y lo que en un momento de la novela parece que va a ser un final de cuento de hadas; la vida es otra cosa y lo cuentas muy bien en tu novela, cosa que he agradecido como lector. Sabes que hay una película en tu novela, la película de toda una generación; prométeme que si algún día viene un director de cine a llamar a tu puerta, no venderás los derechos si no te prometen que el final no lo cambiarán.

Voy a reconocerte que uno de los pasajes con los que más me he emocionado ha sido el del encuentro con el mendigo, y además no se explicar la razón, simplemente ha sucedido. Eso sí, me quedo con las ganas de preguntarte algo simplemente anecdótico: por qué Kazajistán? Yo hubiera escogido algún país báltico, pero he de reconocer que hay en ello una cierta predisposición musical de la que algún día espero hablarte.





He disfrutado mucho con la lectura de La velocidad…; he tenido a veces que pararme y pensar en mi propio recorrido. No siempre me gusta mirar hacia atrás, me gusta ser crítico con algunas cosas que hice y con otras que no fui capaz de hacer; hasta en eso me he sentido identificado con Matilde. Me gusta Matilde, me gusta lo que ha hecho y por qué lo ha hecho; he disfrutado conociéndola.

Termino esta carta con la banda musical que circula a través de las páginas de tu novela. Sería muy fácil quedarse con Blowing in the wind, yo he preferido Led Zeppelin y Stairs to Heaven, espero que no te importe. 




Besos desde este acantilado.




lunes, 25 de marzo de 2019

Viaje de invierno


Un conocido escritor citaba recientemente a Italo Calvino con su definición de lo que es un clásico de la literatura: aquel libro que siempre te enseña algo nuevo cada vez que acudes a él. Al hilo de la cita de Calvino (el citador fue Manuel Rivas hace unos días en el Instituto Cervantes de Toulouse) diremos que el Viaje de invierno es sin duda un clásico; el ciclo de 24 canciones, o lieder, que Franz Schubert compuso al final de sus días constituye, tal y como indica el título, un verdadero viaje sin retorno que atrapa a todo el que se acerca a este monumento musical del XIX. 

Aparecía hace unos días una reseña del libro que Ian Bostridge ha dedicado al Winterreise. Tenor de altos vuelos, poseedor de una voz que pareciera ideal para interpretar a Benjamin Britten, como todo cantante que se precie él emprendió también hace tiempo su particular viaje por el Viaje de invierno, y que ahora ha tenido una estación particular con la edición en castellano del libro original inglés publicado en 2015; el subtítulo no puede ser más expresivo: Anatomía de una obsesión.

Quien esto escribe emprendió su particular aproximación en sus años de universitario, sacrificando más de un desayuno para comprar partitura y una entrada para escuchar un inolvidable ciclo interpretado por Hermann Prey. Pero sería con la versión grabada por Fischer Dieskau, o una de las que grabara, con las que realmente empezaría a empaparme del polvo de este viaje. Versión que todavía tengo por referencia, no en vano sigo teniendo a Fischer Dieskau en un pedestal para todo lo que se refiere a lied alemán, me recreo en esa elegancia infinita de su fraseo y en esa dicción que han hecho escuela. El texto y el primero de los lied, Buenas noches, Gute nacht, en la interpretación de Dietrich Fischer Dieskau, con acompañamiento de Gerald Moore (es el disco que todavía conservo y que afortunadamente sigue funcionando):

Como extranjero llegué,
como extranjero parto de nuevo.
Mayo era propicio para mí,
con abundantes ramilletes de flores.
La muchacha habló de amor,
su madre, mucho de matrimonio.
Ahora el mundo está tan desolado,
y el camino cubierto de nieve.

Para mis viajes no puedo
escoger el tiempo;
por mí mismo debo encontrar mi camino
en esta oscuridad.
La sombra producida por la luna
es mi compañera,
y sobre los blancos prados
busco las huellas del venado.

¿Por qué tengo que dilatar el momento de partir
puesto que fui expulsado de aquí?
Dejo ladrar a los perros errantes
delante de la casa de sus amos.
Al amor le gusta el vagabundear,
así lo ha dispuesto Dios,
pasando de uno al otro,
!amada, buenas noches!

No quiero perturbar tu sueño,
sería una lástima para tu descanso;
no tienes que escuchar mis pasos.
!Suavemente, suavemente la puerta se cierra!
Al pasar escribiré
“Buenas noches” en tu puerta,
para que puedas ver

que he pensado en ti.




Una de las formas que uno tiene de acercarse a un intérprete es sin duda escucharlo en un concierto. La primera vez que me hablaron de Thomas Quasthoff fue precisamente a propósito de un recital al final de un curso de canto en San Sebastián, y el comentario me llegó por boca de uno de los alumnos y por vía de una crónica publicada de mi siempre indispensable José Luis Téllez. El color de su voz, más oscuro, le imprime otro carácter, pero no se puede negar de donde le viene la escuela. Tengo que reconocer que Quasthoff, a quien pude escuchar en Madrid hace ya muchos años, producía una impresión enorme que iba mas allá de lo musical; el choque entre el volumen y color cavernario de su voz, con el de su cuerpo machacado por la Talidomida, es algo inolvidable porque provocan en el auditor un silencio y una concentración en el instante que son, que deberían ser, la esencia misma de toda escucha musical en vivo.




El ciclo termina con uno de los lieder más penetrantes y sombríos que pueda imaginar el oyente. Culminación de un ciclo, culminación de un concierto cuando se ofrece el ciclo completo, el viaje no debe dejar indemne al oyente atento. El organillero, Der Leiermann, es el título de este último lied:

Al otro lado de la aldea 
hay un organillero,
y con sus dedos ateridos
toca lo mejor que puede.

Descalzo sobre el hielo
camina inseguro de aquí para allá,
y su platillo
siempre permanece vacío.

Nadie quiere escucharle,
nadie le mira,
y los perros gruñen
en torno al viejo.

Él deja que suceda
todo como quiera.
Él toca y el organillo
nunca está callado.

Maravilloso viejo,
¿puedo ir contigo?
Para mis canciones, ¿quieres
tocar tu organillo?


Tarea titanesca es la que ha llevado a cabo Matthias Goerne grabando para Harmonia Mundi la obra liederística de Schubert. A día de hoy es el especialista más reconocido y un digno heredero del camino que emprendiera Fischer Dieskau. No podía faltar en esta corta entrada con este final estremecedor del Viaje…




Termino volviendo al motivo que me trajo a escribir esta entrada, y dejo una interpretación del ciclo completo por Ian Bostridge. Es una grabación de un concierto en Utrecht, y para los oyentes habituados a escuchar el ciclo en una voz grave, entre los que me cuento, siempre nos sorprenderá una voz aguda como la de Bostridge transmitiendo precisamente la gravedad de la muerte, que no es otra sino esta la idea que sobrevuela todo el ciclo.





Las traducciones que he incluido son de Fernando Pérez Cárceles, y fueron publicados por Hiperión en 2005 en una integral de referencia inolvidable desde entonces.




domingo, 3 de marzo de 2019

José Gómez Miguel


    “No te avergüences nunca de tu padre pues siempre he obrado como hombre digno y no he cometido ningún delito por el que su hija se vea obligada a bajar la cabeza ante nadie. Se buena pensando que es el mejor medio de honrar a tu padre y hacerte digna de tu madre… No odies nunca a nadie, pues yo perdono hasta a los que son causa de mi desgracia, a sabiendas de que no lo merezco.” José Gómez Miguel, en carta a su hija Victoria poco antes de morir.


 La fotografía que ilustra este blog no responde seguramente al imaginario que muchos tendrán de un acantilado, está hecha en el municipio cántabro de Ciriego, y la razón de que desde el verano pasado sea la foto que ilustra este blog está contada aquí. Es largo pero no he sabido contarlo con menos palabras.

 Maliaño es una pequeña localidad cercana a Santander atrapada entre autopistas, vías de tren y un aeropuerto poco utilizado. No siempre fue así, en los años 1930 era un pueblito a las afueras de Santander, que contaba con su colegio público, ayuntamiento… Ejercía entonces como maestro en el colegio público José Gómez Miguel, que vivía también allí con su mujer Casilda y su hija Victoria. Allí celebraron con algunos amigos la proclamación de la II República, allí pasó años José Gómez Miguel intentando instruir a sus alumnos… hasta que el Ejército dio el Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, ese que algunos imbéciles insisten en llamar Alzamiento.

 Sin filiación política pero convencido republicano, José Gómez pensó que podía ser útil al Gobierno y tomó la que sería su decisión fatal: dejó que esposa e hija salieran en barco de Santander, mientras él se quedaba a cargo de lo que se denominaba “hospital de sangre”. Cuando las tropas Nacionales llegaron, los más avispados ya había puesto tierra de por medio, no así José que pensó, como tantos otros, que no había hecho nada malo ni fuera de la legalidad por lo que no tenía nada que temer, al fin y al cabo era un hombre de bien, un maestro. Craso error, los Nacionales lo apresaron, mal juzgaron y condenaron a muerte por auxilio a la rebelión, como a tantos otros, torciendo la ley, la justicia y todo lo que hubiera que torcer. Un maestro republicano más al botín de quienes subscribían ese indigno “viva la muerte” que todavía hoy resuena entre tanto ignorante y analfabeto. 



 Como no podía ser de otra manera José fue enterrado en una fosa común en Ciruego, cerca también de Santander, donde siguen mal enterrados sus restos. Una más de las tantas fosas identificadas y por identificar, esta se encuentra hoy dentro del cementerio en la parte que llaman cementerio civil, pero que no es difícil imaginar separado entonces por una tapia donde fueron seguramente fusilados; si así fue, el ruido del mar, el mar de la foto, es posible que fuera lo último que escuchase José. 




Por razones que ahora no vienen al caso, tuve la suerte de conocer a Victoria, la hija de José al que él siempre llamó Nenita, que fue la primera persona que me habló libremente de un pasado, o de una parte de un pasado, que yo solo conocía por los libros. Gracias a Nenita pude conocer las penurias por las que tuvo que pasar con su madre, primero huyendo de Santander y llegando cerca de Valencia, donde conocieron la noticia del fusilamiento de José, y donde recibieron la última carta que les escribió unas horas antes de morir de donde he sacado el encabezamiento de esta entrada. De Valencia huyeron más tarde a Francia, donde tuvieron fortuna y no fueron mal acogidas en Clermont Ferrand. De allí decidieron volver a Burgos después de la guerra, de donde eran originarias… y todo se convirtió en una cárcel y una opresión que solo terminó cuando se marcharon definitivamente a Francia en los años 1950.

De la mano de Nenita conocí la represión tan feroz que se organizó en Burgos, donde no hubo guerra, pero si un odio feroz y terrible que dejó muchas víctimas. También me habló de quienes resistieron como pudieron, soportando encierros y palizas con cualquier excusa, conocí a uno de sus amigos que se ocultó durante muchos años hasta que pudo encontrar la forma de escapar a Francia. Me habló de la escuela que pudo montar con su madre, a la que habían prohibido ejercer como maestra nacional, que era su derecho, escuela donde acudieron tantos hijos de represaliados, como aquél alumno que no hacía más que recibir castigos por el delito de ser zurdo y querer utilizar su mano izquierda… De la mano de Casilda y Nenita se convirtió en artista, se marchó a Francia y pudo vivir de su pintura… Hay más ejemplos, no me caben todos aquí, espero que me perdonen por ello.

Nenita se fue apagando, se marchó hace poco más de un año y este último verano quisimos tener un recuerdo hacia ella, nos acercamos al cementerio de Ciriego, donde está la fosa común, ahora dentro del cementerio, juntos el eclesiástico y el civil. Alguna asociación pidió hacer unos monolitos con los nombres de todos los mal enterrados allí e hicimos unas fotos. La fotografía que ilustra ahora este blog está hecha detrás del cementerio y, como he dicho antes, es posible que el ruido de esas olas fuera lo último que escuchase José antes de morir. En su última carta también les decía a Casilda y Nenita: “Tened la seguridad absoluta de que soy inocente hasta la saciedad. No tengo nada de que arrepentirme sino es el no haber huido y confiar en que a quien obraba como yo y tenía una vida honrada le respetarían.” 

Recogimos tierra al pie del monolito, apenas unos puñados que ahora están en el jardín de casa, donde las flores primaverales nos recordarán siempre a Nenita y tantas cosas que aprendí con ella. Una de sus nietas, biznieta de José, y que conoció toda esta historia por boca de su abuela, estaba en este viaje. Ella y los otros nietos de Nenita conocen bien lo que pasó. La vida continúa, el recuerdo y la memoria siguen vivos con ellos.



Dejo para terminar la voz de Nenita a la que pude entrevistar en un programa de radio en 2011, contando como vivieron en su familia el 14 de abril de 1931. 



A José Gómez Miguel, un maestro republicano.


domingo, 17 de febrero de 2019

Machado en Collioure




Cercano el 80 aniversario de la muerte de Antonio Machado, dedica El País en su suplemento Babelia un interesante artículo centrado en la presencia y la memoria de Machado en Collioure. Tiene allí su sede la Fundación Antonio Machado, una iniciativa de 1977 que nació de la mano de, entre otros, unos cuantos hijos del exilio republicano. Esta entrada va de las casualidades de la vida y de cómo uno a veces aprende algunas cosas.

Si vives en Toulouse, te gusta la música y no haces oídos sordos a los muchos ecos republicanos que hay en la memoria del exilio, antes o después te darás de bruces con alguien de la familia de los Pradal. Entre el medio millón de españoles que cruzaron la frontera en 1939 se encontraba un diputado socialista por Almería, Gabriel Pradal, que tuvo que salir con sus hijos, entre los que estaban Carlos, que después sería pintor, y Kalinka, que fue una de las fundadoras de la Fundación Antonio Machado de Collioure, como bien recuerda Monique Alonso en esta carta leída en un homenaje hace ahora dos años. Carlos fue pintor y algún homenaje ha tenido en Toulouse que me ha permitido conocer un poco su obra. Su hijo Vicente ha ido por el lado musical, y nunca ha dejado de componer con un estilo muy personal utilizando textos de los grandes poetas en lengua española del siglo XX. Los hijos de Vicente ahora le acompañan en sus recitales, Rafael al piano y Paloma con un vozarrón y una sabiduría que además están envueltas de su hermosa juventud. 

Siempre que he ido a escuchar a Vicente Pradal he podido verle acompañado de sus dos hijos, que a día de hoy son dos grandes músicos que se debería estar rifando algún promotor avispado.  En cierta ocasión pudimos incluso ver un montaje que Vicente hizo de Yerma para la Comedie Française, ese templo teatral que nació con Molière. Poco después de aquello recuerdo que algún director teatral español fue a trabajar allí, y fue presentado por algún crítico como el primer español que montaba una obra en la Comedie Française; el olvido era innecesario y hasta doloroso, del exilio no se habla en España, luego no existe.



Termino volviendo al artículo de El País y al “pudor” del fotógrafo para mostrar la tumba de Antonio Machado sin que nadie pueda sentir que sus heridas se reabren al contemplar el color morado de la bandera republicana.

Menos sutil, yo tomé esta foto hace unos años, cuando ignoraba todavía mucho de lo que aprendería después y me ha animado a escribir esta entrada. Yo no se si España mañana será republicana, con lo que yo me conformaría ahora es con que que tuviera más memoria, solo eso.




Y como la música no debe faltar, vaya aquí el recital que los Pradal brindaron hace unos días en el homenaje que en Toulouse se rindió a la Retirada, con mesa redonda, testimonios, música a cargo de los Pradal y recital final de Paco Ibáñez. Memoria, siempre la memoria. El recital, a partir del minuto 8.