martes, 10 de septiembre de 2019

Preludios de Debussy


La cosa iba de Beethoven, de sus sonatas para piano. El alumno se sentaba al piano y el profesor a su izquierda, frente a otro piano de cola, de forma que el público pudiera ver (y escuchar) todo perfectamente. Parece simple, una clase con público, pero si el profesor es Daniel Barenboim la cosa ya impone un poco. Existe grabación de lo que cuento y cuando le tocó el turno a Javier Perianes, de todos cuantos consejos y comentarios le hizo Barenboim hubo uno que se me quedó grabado: demasiados colores, eso es excelente para Debussy, pero no para Beethoven… Pensé en ello cuando el otro día me topé en la tienda con un disco de Javier Perianes que interpretaba… los preludios de Debussy. 


Hace años que me metí como pude en estas piezas aisladas unas de otras que recogemos hoy por sugerencia del compositor como si tuvieran una unidad, título de preludios para todas ellas, doce preludios para el primer libro, doce para el segundo, como si fuera una actualización de los Preludios y Fugas de Bach, o bien de los Preludios de Chopin, solo que lejos de seguir el orden tonal de las doce notas de la gama, Debussy se apoya… en los colores, en la pintura. Tal es lo que nos quisiera decir Javier Perianes en su interpretación, dando la razón al compositor, que indica un título solo al final de cada preludio, sugiriendo que la escucha debe dejar lugar a la imaginación sin buscar una idea preconcebida. Hay algo más hermoso que titular el cuarto preludio “Les sons et les parfums tournent dans l’air du soir”?… Omito la traducción, imposible traducir la belleza del texto francés, solo superado por la propia música de Claude Debussy.




No he encontrado una versión de Perianes de los preludios para incluir aquí, cosas de las casas de discos, de los derechos y otras zarandajas que ahora no importan. A cambio he encontrado esta delicia, que no es de los preludios, pero que ilustra perfectamente de lo que hablamos hoy:




Tuve la suerte de descubrir estos preludios de la mejor manera posible, en un concierto en vivo de quien es uno de mis más admirados pianistas de cuantos siguen en el ruedo: Krystian Zimermann. La perfección, las dinámicas, la expresión, llegar a un clímax sin que el piano suene nunca forzado… eso solo está al alcance de unos pocos, y yo tuve la suerte aquél día de estar allí para testimoniarlo. Dejo aquí el ciclo completo del primer libro por si alguno tiene curiosidad y paciencia; advierto que le costará, a mí también me costó, pero no hay verdadero placer sin esfuerzo.




Y para el final, para los menos pacientes, si quieren escuchar mi preferido, el preludio que soy capaz de escuchar una y otra vez sin cansarme, aquí está “La Cathédrale engloutie”, en la versión de Arturo Benedetti Michelangeli, al que nunca pude escuchar en vivo, pero que para muchos es el mejor intérprete al piano para esta obra de Debussy.




viernes, 30 de agosto de 2019

Calder




El nombre no me decía gran cosa y tuve que buscar información para situarlo. Hubo un dato sobre todos que me llamó poderosamente la atención: había colaborado con Marta Graham en los años 1940 y eso ya me predisponía para visitar la exposición de Calder en el Centro Botín de Santander. Tal y como me ocurrió el año pasado con la exposición de Miró, me pareció que un edificio abierto por dos lados a unas vistas espectaculares era un lugar propicio para las esculturas de Calder que allí se exponían (se exponen todavía). Acostumbrado a pensar en texturas y formas que uno puede tocar y abarcar con la mano, las esculturas de Calder desmontan al observador curioso porque de lo que hablan es de movimiento, de espacio, de aire…



Sorprende la utilización que hace de materiales de deshecho para articular piezas que parecen moverse incluso cuando estando quietas. La forma y la distribución de las obras expuestas a través de la sala abierta por un lado a la bahía y por el otro a la ciudad de Santander parecían querer moverse con un golpe de viento. Con esos mimbres no sorprendían luego unos vídeos que completaban la exposición, donde se mostraban unas coreografías del propio Calder donde los bailarines no son otros… que sus propias figuras.



Son obras que parecían ser expuestas para resaltar dos dimensiones, pero que no se completan si no se pasea alrededor, siendo el visitante el que crea el movimiento con su paseo. Pareciera que Calder buscara la belleza del instante, tal y como ocurre con el músico, una escultura que con su movimiento existiera de una forma única en cada instante. Mención especial merece la maqueta de una obra diseñada para el museo al aire libre que se alberga en el parque Hoge Veluwe en Holanda; el director del museo Kröller Müller recibió la maqueta cuando Calder acababa de morir; en una carta contestó a la viuda que ya era imposible saber lo que hubiera podido dar de sí esa maqueta en la imaginación desbordante de Calder, y que la maqueta quedaría como el ejemplo de los sueños que nunca pudimos realizar.



Aprovechando que tenía algo más de tiempo, seguí dando vueltas en la exposición buscando una música para Calder. Era fácil imaginar Edgar Varese u otro compositor con los que él colaboró, pero eso no me valía, era fácil, yo quería buscar algo. Lo encontré a partir de lo que estaba negándome a ver, los materiales que Calder utilizaba para las esculturas expuestas son los que dan lugar a las texturas que yo no quería sentir delante de mis ojos. Esos materiales de deshecho, alambres, chapas metálicas y otros materiales, en la música vendrían a ser los cuartos de tono que la música occidental ha despreciado, hasta el punto de que no hay forma de escribirlos en el pentagrama que hemos escogido como forma de escritura musical. Si no se pueden escribir no existen, podría decirse, hasta que llega alguien cuya imaginación desborda lo conocido y se inventa esta obra para dos pianos afinados en cuartos de tono (uno de ellos afinado cuarto de tono respecto del otro); a simple “oido” pareciera que están desafinados… pero no, no lo están.





Si alguno se ha quedado con curiosidad, puede probar con Wyschnegradsky y este vídeo con una obra escrita para ondas martenot y dos pianos afinados en cuartos de tono (estos sí). Comprendo que esto no son platos de gusto de todo el mundo, pero ya sabe el visitante asiduo que para lo más trillado este blog no es un lugar seguro.




domingo, 18 de agosto de 2019

De vez en cuando la vida...



  Habiendo formado un grupo de música antigua con el nombre de Capella Mediterranea el más foráneo pensará que el destino estaba escrito, pero la realidad es que la trayectoria (brillante) de Leonardo García Alarcón dentro del mundo de la llamada música antigua no hacía presagiar que algún día acabaría alternando el Siglo de oro hispano con… Joan Manuel Serrat. Sabíamos que había editado un disco con músicas de Serrat, y la curiosidad nos llevó a hacer unos cuantos kilómetros hasta dar con uno de esos rincones hermosos de la Occitania francesa, donde la Capella Mediterránea y Leonardo García Alarcón nos iban a ofrecer uno de esos programas de música que te lleva a comprar el disco a la salida, para luego escucharlo en bucle una y otra vez intentando rememorar el desbordamiento de emociones a que dio lugar el concierto.

 


 Hacía algunos meses que había escuchado Mediterráneo en la versión de la Capella Mediterránea en un programa de radio, impagable France Musique, todo un ejemplo de lo que debe ser una emisora pública, al servicio (y la educación!) del público. Pero la función de la música es la intemporalidad de la interpretación/escucha en vivo, algo insustituible. Dicen que ha sido el mes de julio más caluroso a nivel planetario, puedo asegurar que estábamos en plena canícula en el Sur de Francia, alerta naranja o algo parecido, un calor de mil demonios, pero fue empezar a escuchar a Mariana Flores cantando De vez en cuando la vida y a mí me empezó a recorrer un escalofrío por toda la espalda que no entendía de canículas ni de nada parecido. El tiempo, en la concepción metronómica que le damos, se había detenido, estábamos en otro sitio, en otro lugar, transportados por Serrat en la voz de Mariana Flores.

 

 A partir de ahí hubo de todo. Ensaladas de Mateo Flecha, una versión al arpa de la Música Callada de Mompou, unas jácaras de Ribayaz… todo cabía en el cajón de sastre de la música provocando emociones. Se puede pedir más? Yo salí de allí fresco como una rosa, era medianoche, el termómetro marcaba todavía treinta grados, pero sentía un frescor de adolescente recién enamorado que yo no vivía desde hacía mucho. Qué bonito es volver a ser joven. Termino, termino con algo que no fue de este concierto pero que reúne a dos de sus principales actores, Mariana Flores y Quito Gato, arreglista y guitarrista inigualable. Yo puedo emocionarme con una canción, puedo vibrar, puedo llorar, pero ninguna me llevará tan lejos como esta, Alfonsina y el mar, por favor que alguien la toque en mi funeral cuando muera que prometo despertar para volver a llorar una vez más de pura emoción.

 


domingo, 21 de julio de 2019

Asesinato en el Conservatorio



  Era una reunión familiar muy simpática y que tengo todavía reciente. Entre los asistentes había un familiar a quien conozco poco pero admiro mucho. Oboista profesional, las pocas veces que nos habíamos visto había puesto a prueba su paciencia con conversaciones interminables sobre todo lo que tuviera que ver con la música. Docente e instrumentista en una orquesta suiza, acababa de dar un paso en su vida porque quería dedicar más tiempo a la docencia y dejar la interpretación orquestal para dedicarse a sus conciertos como solista. Me contaba en esos días que acababa de ganar una plaza para enseñar en el Conservatorio de una ciudad alemana cuyo nombre no importa ahora, pero que es uno de los grandes centros musicales germanos; se le veía contento y le preguntaba si para un francés era difícil ganar una plaza en Alemania; modesto, se quitaba importancia, pero me comentaba que entre sus competidores había tenido los solistas de las orquestas del Concertgebouw y de la Filarmónica de Berlín, que ya son palabras mayores. Como quiera que mi cara no debía traducir más que sorpresa y admiración, él le quitó importancia añadiendo que la parte interpretativa era la menos importante de todas, porque a partir de un determinado nivel interpretativo lo que realmente importaba era sobre todo el proyecto educativo, que fue realmente donde él puso toda la carne en el asador (supongo que los otros candidatos también).

  Cuento esta pequeña anécdota personal para hablar de una noticia que ha saltado a la prensa estos días y que además lo ha hecho en la primera plana de la edición digital de El País. Que un tribunal no se ponga de acuerdo para cubrir una plaza en una Universidad o en un Conservatorio no es cosa nueva, que un tribunal se ponga de acuerdo para adjudicar la plaza a un candidato “amigo” tampoco. Por qué ha saltado la noticia entonces? No lo se, pero bien está que se hable de algo que no debiera ser normal y que tiene como una de sus consecuencias esa endogamia tan nefasta para la educación en España. 

  Invito al lector a leer las dos noticias aparecidas hasta hoy, la primera denunciando los hechos, la segunda anunciando la disolución del tribunal y la nueva convocatoria de las oposiciones. De todos los hechos narrados hay sobre todo uno que me interesa, y es precisamente el que nadie, ni el tribunal, ni el periodista y mucho menos los candidatos, pongan en cuestión la forma tan absurda de organizar la oposición, con una distribución del tiempo de 2 horas para un examen teórico, 2 horas para un concierto y solo un cuarto de hora para hablar de educación. Ese es para mí el mayor de los escándalos, que para ser catedrático de cuerda en todo un Real Conservatorio de Madrid el proyecto educativo solo cuente en un 11% del tiempo dedicado al examen. De estos polvos vienen muchos de los lodos de las orquestas españolas.


Lo dejo aquí y me voy con algo de música interpretada desde Holanda, donde los problemas musicales, que los hay, son de otro orden menos ombliguista. La violinista es Isabelle Faust, que me tiene rendido entre sus admiradores desde que tuve la ocasión de escucharla el año pasado en Santander.






sábado, 29 de junio de 2019

Relatos



Tenía que haber sonado alguna alarma, tenía que habérseme encendido alguna bombilla imaginaria que me advirtiera que pasaba algo, pero siempre he llegado tarde a todas partes, y a la madurez también. Ese día, como tantos otros durante las vacaciones, habíamos quedado para salir a dar una vuelta en bicicleta; llamábamos así a salir a alguna localidad vecina, charlar por el camino, merendar alguna cosa, volver luego pedaleando por ser el primero y el más cansado al llegar; después de dos o tres horas de bici y calor, la recompensa venía a veces con alguna bebida bien fría a nuestra llegada. Pero aquel día fue diferente; él pasaba por casa de mis padres a recogerme, y ese día tuve que esperarle por su extraño retraso. Cuando apareció llevaba protegida la cabeza con una gorra, debajo no había pelo, se había afeitado la cabeza. 

Este detalle que cuento puede hoy parecer anecdótico, pero hablo de un pasado de varias décadas, entonces nadie se afeitaba la cabeza, los calvos ocultaban como podían su alopecia y los jóvenes lucíamos con orgullo la pelambrera con que la vida nos regala en nuestros años jóvenes. Pero él llegó con la cabeza afeitada y serio, muy serio; me dijo que ya me contaría lo que había pasado, pero no me lo contó, nunca me lo contó. Lo más probable era alguna discusión en casa con sus padres o su hermana mayor, pero él calló. Tenía que haber sonado alguna alarma en mi cerebro en ese momento, pero no lo hizo, yo seguía en mi mundo infantil mirando solo el momento de salir como niño con bicicleta nueva a pedalear carretera arriba, que en el Sur y en verano siempre se pedalea cuesta arriba.

Algunos días después, hablando con T de otras cosas salió el asunto y ella me dijo algo que todavía tengo grabado después de tantos años, que alguien que era capaz de hacer aquello era alguien capaz de hacerse daño, mucho daño, que era capaz de cualquier cosa… Pasarían todavía seis meses y un día de principios de enero aquello que me dijo T se convirtió en una triste premonición. Fue un día que no olvidamos quienes estábamos cerca de él, o que creíamos que estábamos cerca de él. Yo no supe verlo, yo había estado con él la víspera, yo creía ser su mejor amigo, yo no pude y no supe hacer nada por evitarlo. Vivo con ello desde entonces, forma parte del equipaje que arrastro por la vida y que poco a poco se va haciendo cada vez más pesado. 


Esta historia vuelve siempre a pesar de los años transcurridos, ya no me despierta por la noche en forma de pesadilla, ya no vuelve como una tormenta que me arrastra, pero es una historia que me recuerda la dificultad de comprender al otro, por muy amigo que te sientas de él. ¿Debo sentirme culpable por lo que pude haber hecho y no hice, por lo que tuve que haber comprendido a tiempo y se me escapó entre los dedos sin que pudiera asirlo? No lo se, nunca tendré la respuesta, pero no quiero olvidar lo que pasó, quiero recordarlo siempre.


domingo, 23 de junio de 2019

Historia de una ballena blanca



“Mi mundo está rodeado de silencio. Ningún ser se queja, grita, gruñe o chilla bajo la superficie, y solo los seres mayores interrumpimos a veces el silencio. Yo, que soy de la especie de los cachalotes, dejo escapar mi chasquido, las ballenas azules y las calderón se orientan y guían mediante una serie de armónicos cantos que alegran la soledad nocturna, y los veloces delfines se convocan para sus largos viajes con silbidos que mantienen unido al grupo. En la profundidad marina no se oye nada más. En la superficie, en cambio, es incesante la voz del viento, del choque de las olas, el graznido de las gaviotas y cormoranes y, a veces, la voz del ser menos apto para vivir en el mar: el hombre.”

Aparece de nuevo Luis Sepúlveda en mi camino, afortunadamente, cuando menos lo esperaba, y me encuentro con lo último que le ha publicado Tusquets en España: Historia de una ballena blanca. En este relato vuelve Sepúlveda con uno de sus temas preferidos, ese amor inmenso por la naturaleza, por el medio ambiente, y da voz una vez más a los animales, los verdaderos protagonistas de este relato. 

Historia de una ballena blanca bien pudiera haberse titulado la cara oculta durante tantos años de Moby Dick. Esta ballena blanca es en realidad un cachalote, el más grande de los animales marinos, que recibe el encargo de proteger a la Gente del Mar, hombres que necesitarán ser protegidos de esos otros hombres que vienen en grandes barcos a cazar ballenas. Aparecen en el relato tres viejas damas de larga cabellera que llamarán a la ballena blanca cada vez que fallezca alguien y, a la noche, convertidas ellas también en ballenas, llevarán el cuerpo a la isla donde deben ser enterrados la Gente del Mar. 

Historias, secretos, leyendas, van circulando entre las ballenas y van pasando de generación en generación, hasta que la voracidad sin límites de esos otros hombres venidos de lejos pongan en peligro la convivencia y la propia existencia de las ballenas y la Gente del Mar. 

Si hay algo que Luis Sepúlveda sabe hacer es contar una historia y darle protagonismo a los animales. Tal y como me acostumbré desde el primer relato que le leí, la Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, no se trata solo de dar voz a las ballenas en este caso, sino de hacer que el lector pueda pensar como una de ellas. Sepúlveda, en línea directa con la naturaleza, nos lo explica con una claridad tal que al final del libro uno no puede más que lamentar lo malacostumbrados que podemos estar de vivir tan lejos de toda la naturaleza viva que nos rodea.

Historia de una ballena blanca está publicado justo después de la Historia de un caracol que descubrió la importancia de la lentitud, que yo descubrí en francés cuando no se había publicado aún en castellano porque, según leí en algún sitio, Sepúlveda no deja que se publiquen sus libros en castellano si no se le garantiza una edición barata en América que pueda estar al alcance de la mayoría de los bolsillos. Conociendo ligeramente su andadura personal, desde su salida intempestiva del Chile de Pinochet, su militancia en Greenpeace pasando por su compromiso con las causas sociales y medioambientales, su reivindicación a través de sus artículos y de sus novelas, concluiremos que Luis Sepúlveda es un hombre de nuestro tiempo, además de un gran escritor.


Qué música para este relato? Buscaba algo que hizo Jan Garbarek a partir del sonido grabado de las ballenas, pero no lo he encontrado. Decido volver a mi primera lectura de Luis Sepúlveda, esa Historia de una gaviota… de la que hablaba más arriba, y como la gaviota del principio de la novela, herida por una mancha de petróleo en el mar, vengo con la más cercana de todas las gaviotas heridas, la de María del Mar Bonet (gracias Juan!).