domingo, 3 de marzo de 2019

José Gómez Miguel


    “No te avergüences nunca de tu padre pues siempre he obrado como hombre digno y no he cometido ningún delito por el que su hija se vea obligada a bajar la cabeza ante nadie. Se buena pensando que es el mejor medio de honrar a tu padre y hacerte digna de tu madre… No odies nunca a nadie, pues yo perdono hasta a los que son causa de mi desgracia, a sabiendas de que no lo merezco.” José Gómez Miguel, en carta a su hija Victoria poco antes de morir.


 La fotografía que ilustra este blog no responde seguramente al imaginario que muchos tendrán de un acantilado, está hecha en el municipio cántabro de Ciriego, y la razón de que desde el verano pasado sea la foto que ilustra este blog está contada aquí. Es largo pero no he sabido contarlo con menos palabras.

 Maliaño es una pequeña localidad cercana a Santander atrapada entre autopistas, vías de tren y un aeropuerto poco utilizado. No siempre fue así, en los años 1930 era un pueblito a las afueras de Santander, que contaba con su colegio público, ayuntamiento… Ejercía entonces como maestro en el colegio público José Gómez Miguel, que vivía también allí con su mujer Casilda y su hija Victoria. Allí celebraron con algunos amigos la proclamación de la II República, allí pasó años José Gómez Miguel intentando instruir a sus alumnos… hasta que el Ejército dio el Golpe de Estado del 18 de julio de 1936, ese que algunos imbéciles insisten en llamar Alzamiento.

 Sin filiación política pero convencido republicano, José Gómez pensó que podía ser útil al Gobierno y tomó la que sería su decisión fatal: dejó que esposa e hija salieran en barco de Santander, mientras él se quedaba a cargo de lo que se denominaba “hospital de sangre”. Cuando las tropas Nacionales llegaron, los más avispados ya había puesto tierra de por medio, no así José que pensó, como tantos otros, que no había hecho nada malo ni fuera de la legalidad por lo que no tenía nada que temer, al fin y al cabo era un hombre de bien, un maestro. Craso error, los Nacionales lo apresaron, mal juzgaron y condenaron a muerte por auxilio a la rebelión, como a tantos otros, torciendo la ley, la justicia y todo lo que hubiera que torcer. Un maestro republicano más al botín de quienes subscribían ese indigno “viva la muerte” que todavía hoy resuena entre tanto ignorante y analfabeto. 



 Como no podía ser de otra manera José fue enterrado en una fosa común en Ciruego, cerca también de Santander, donde siguen mal enterrados sus restos. Una más de las tantas fosas identificadas y por identificar, esta se encuentra hoy dentro del cementerio en la parte que llaman cementerio civil, pero que no es difícil imaginar separado entonces por una tapia donde fueron seguramente fusilados; si así fue, el ruido del mar, el mar de la foto, es posible que fuera lo último que escuchase José. 




Por razones que ahora no vienen al caso, tuve la suerte de conocer a Victoria, la hija de José al que él siempre llamó Nenita, que fue la primera persona que me habló libremente de un pasado, o de una parte de un pasado, que yo solo conocía por los libros. Gracias a Nenita pude conocer las penurias por las que tuvo que pasar con su madre, primero huyendo de Santander y llegando cerca de Valencia, donde conocieron la noticia del fusilamiento de José, y donde recibieron la última carta que les escribió unas horas antes de morir de donde he sacado el encabezamiento de esta entrada. De Valencia huyeron más tarde a Francia, donde tuvieron fortuna y no fueron mal acogidas en Clermont Ferrand. De allí decidieron volver a Burgos después de la guerra, de donde eran originarias… y todo se convirtió en una cárcel y una opresión que solo terminó cuando se marcharon definitivamente a Francia en los años 1950.

De la mano de Nenita conocí la represión tan feroz que se organizó en Burgos, donde no hubo guerra, pero si un odio feroz y terrible que dejó muchas víctimas. También me habló de quienes resistieron como pudieron, soportando encierros y palizas con cualquier excusa, conocí a uno de sus amigos que se ocultó durante muchos años hasta que pudo encontrar la forma de escapar a Francia. Me habló de la escuela que pudo montar con su madre, a la que habían prohibido ejercer como maestra nacional, que era su derecho, escuela donde acudieron tantos hijos de represaliados, como aquél alumno que no hacía más que recibir castigos por el delito de ser zurdo y querer utilizar su mano izquierda… De la mano de Casilda y Nenita se convirtió en artista, se marchó a Francia y pudo vivir de su pintura… Hay más ejemplos, no me caben todos aquí, espero que me perdonen por ello.

Nenita se fue apagando, se marchó hace poco más de un año y este último verano quisimos tener un recuerdo hacia ella, nos acercamos al cementerio de Ciriego, donde está la fosa común, ahora dentro del cementerio, juntos el eclesiástico y el civil. Alguna asociación pidió hacer unos monolitos con los nombres de todos los mal enterrados allí e hicimos unas fotos. La fotografía que ilustra ahora este blog está hecha detrás del cementerio y, como he dicho antes, es posible que el ruido de esas olas fuera lo último que escuchase José antes de morir. En su última carta también les decía a Casilda y Nenita: “Tened la seguridad absoluta de que soy inocente hasta la saciedad. No tengo nada de que arrepentirme sino es el no haber huido y confiar en que a quien obraba como yo y tenía una vida honrada le respetarían.” 

Recogimos tierra al pie del monolito, apenas unos puñados que ahora están en el jardín de casa, donde las flores primaverales nos recordarán siempre a Nenita y tantas cosas que aprendí con ella. Una de sus nietas, biznieta de José, y que conoció toda esta historia por boca de su abuela, estaba en este viaje. Ella y los otros nietos de Nenita conocen bien lo que pasó. La vida continúa, el recuerdo y la memoria siguen vivos con ellos.



Dejo para terminar la voz de Nenita a la que pude entrevistar en un programa de radio en 2011, contando como vivieron en su familia el 14 de abril de 1931. 



A José Gómez Miguel, un maestro republicano.


domingo, 17 de febrero de 2019

Machado en Collioure




Cercano el 80 aniversario de la muerte de Antonio Machado, dedica El País en su suplemento Babelia un interesante artículo centrado en la presencia y la memoria de Machado en Collioure. Tiene allí su sede la Fundación Antonio Machado, una iniciativa de 1977 que nació de la mano de, entre otros, unos cuantos hijos del exilio republicano. Esta entrada va de las casualidades de la vida y de cómo uno a veces aprende algunas cosas.

Si vives en Toulouse, te gusta la música y no haces oídos sordos a los muchos ecos republicanos que hay en la memoria del exilio, antes o después te darás de bruces con alguien de la familia de los Pradal. Entre el medio millón de españoles que cruzaron la frontera en 1939 se encontraba un diputado socialista por Almería, Gabriel Pradal, que tuvo que salir con sus hijos, entre los que estaban Carlos, que después sería pintor, y Kalinka, que fue una de las fundadoras de la Fundación Antonio Machado de Collioure, como bien recuerda Monique Alonso en esta carta leída en un homenaje hace ahora dos años. Carlos fue pintor y algún homenaje ha tenido en Toulouse que me ha permitido conocer un poco su obra. Su hijo Vicente ha ido por el lado musical, y nunca ha dejado de componer con un estilo muy personal utilizando textos de los grandes poetas en lengua española del siglo XX. Los hijos de Vicente ahora le acompañan en sus recitales, Rafael al piano y Paloma con un vozarrón y una sabiduría que además están envueltas de su hermosa juventud. 

Siempre que he ido a escuchar a Vicente Pradal he podido verle acompañado de sus dos hijos, que a día de hoy son dos grandes músicos que se debería estar rifando algún promotor avispado.  En cierta ocasión pudimos incluso ver un montaje que Vicente hizo de Yerma para la Comedie Française, ese templo teatral que nació con Molière. Poco después de aquello recuerdo que algún director teatral español fue a trabajar allí, y fue presentado por algún crítico como el primer español que montaba una obra en la Comedie Française; el olvido era innecesario y hasta doloroso, del exilio no se habla en España, luego no existe.



Termino volviendo al artículo de El País y al “pudor” del fotógrafo para mostrar la tumba de Antonio Machado sin que nadie pueda sentir que sus heridas se reabren al contemplar el color morado de la bandera republicana.

Menos sutil, yo tomé esta foto hace unos años, cuando ignoraba todavía mucho de lo que aprendería después y me ha animado a escribir esta entrada. Yo no se si España mañana será republicana, con lo que yo me conformaría ahora es con que que tuviera más memoria, solo eso.




Y como la música no debe faltar, vaya aquí el recital que los Pradal brindaron hace unos días en el homenaje que en Toulouse se rindió a la Retirada, con mesa redonda, testimonios, música a cargo de los Pradal y recital final de Paco Ibáñez. Memoria, siempre la memoria. El recital, a partir del minuto 8. 



domingo, 27 de enero de 2019

Mauritshuis



“En la Parkstraat de La Haya había una iglesia católica. Exactamente, a medio camino entre el Plein 1813, la plaza donde estaba la legación de Estaña, y el museo Mauritshuis, donde se hallaban Vermeer y Carel Fabritius: La vista de Delft y El jilguero.
 Pero yo ya no iba a la iglesia los domingos. Ni los domingos ni ningún otro día. Iba al Mauritshuis, con frecuencia, pero ya no acudía a la iglesia de la Parkstraat.”

Jorge Semprún, Adiós luz de veranos


Como no podía ser de otra manera, el día había amanecido gris, con esa luz holandesa tan peculiar, que en invierno parece unirse a los animales e hibernar a la espera de la primavera. Yo tenía unas horas por delante antes del vuelo de regreso y decidí aprovecharlas volviendo a lo que fue uno de mis rincones preferidos durante mis años de residencia holandesa: el Mauritshuis. Hacía ya más de quince años que no volvía y no estaba seguro de qué esperaba con una nueva visita. 


Madrugador como soy cuando viajo, tuve la suerte de ser de los primeros en entrar al museo. Sabía lo que quería ver, y fui directamente a la segunda planta, cuando los visitantes que entraron conmigo se demoraron en la primera. Acudí a la sala que indicaba el plano, y sin más preámbulo que el de las pinturas repartidas por las escaleras, llegué ansioso y me planté delante de La vista de Delft. La sala estaba todavía despoblada, toda para mí, y durante los más de diez minutos que duró mi soledad estuve repartiendo mi atención entre La muchacha de la perla y La vista de Delft, un privilegio inesperado y que fue luego interrumpido por los turistas que fueron ocupando el museo; hay que reconocer que de todos modos no éramos tantos en ese sábado de enero, y yo pude prolongar la visita el tiempo que necesité para disfrutar cuanto pude. Volví todavía un par de veces más a la sala, y salí sin poder responder a la pregunta: son unos nubarrones que amenazan descargar, o bien la tormenta acaba de pasar dejando lluvia y ese brillo en los tejados?



Soy incapaz de recorrer una sala de un museo y quedarme concentrado en lo que veo solamente, enseguida empiezo a unir cosas que andan por mi cabeza, y así me asaltó la pregunta. Dónde reside la memoria? Por supuesto que en el cerebro, responderá un medico, pero esa no es exactamente la pregunta. Por qué recordaba el Mauritshuis como un sitio adonde quería volver? Donde reside la memoria de los sucesos que recordamos? Rodeado de pintura holandesa del siglo de oro, no pude sino concluir que la memoria reside en los sentimientos, recordamos porque hemos sentido, porque el hecho recordado nos dejó un poso de sentimientos. En mi caso El Mauritshuis fue primero una referencia en un libro de Jorge Semprún, que me abrió insospechadamente la puerta a la pintura de Vermeer y, por extensión, a un mundo en el que hasta entonces no me había dejado sumergir como lo hago ahora, el de la contemplación de la pintura como un relato donde soy el dueño del tiempo y de la posibilidad de comenzar una nueva historia a partir del relato pictórico. Ese sábado de enero en Holanda, yo comencé el relato de la memoria, pero todavía no se por donde me llevará.  


A la salida del museo el día seguía siendo de ese gris holandés que no termina de amanecer cuando ya está anocheciendo, pero sin embargo la luz ofrecía ahora muchos más matices.




PS: Ignoro por qué, pero cuando visité el Mauritshuis el pasado sábado me asaltó esta música. No intento explicarlo, sucedió así.




lunes, 10 de diciembre de 2018

Gilets jaunes



Ando varias semanas con una entrada que me tiene bloqueado, y entretanto la realidad entra rompiendo puertas y ventanas, revolviéndolo todo, y hasta Mendigo me invita para que cuente algo de los “gilets jaunes” que pueda sumar a lo poco que según él se publica en España. Vaya por delante que no es fácil hacerlo desde una posición que yo mismo considero ajena y alejada de la norma, las razones no vienen ahora al caso, pero al fin y al cabo uno vive en Francia y espero poder aportar algo a partir de lo visto, lo leído y lo escuchado.

Pero primero una pequeña definición: una revolución es un movimiento de masas que busca un objetivo concreto. No es el caso a día de hoy, donde todavía no podemos hablar ni siquiera de movimiento social, y en cambio sí tenemos que hablar de revuelta. El origen todo el mundo lo conoce, una subida de impuestos en los combustibles fósiles, la gasolina y el diésel en concreto, a compartir por todo hijo de vecino, ya que aquí es raro encontrar alguien que no depende del coche para algo. El origen, como digo, es tan conocido que hasta el presidente Macron se apresuró a eliminar la subida para intentar así calmar la cólera. Pero el asunto es más gordo; la gasolina pudo ser el detonante, pero una sociedad cabreada desde hace muchos años se ha ido sumando a las movilizaciones de los primeros días y ahora mismo las reivindicaciones van desde la dimisión del Presidente hasta una nueva Constitución, pasando por reclamaciones de asambleas populares… El movimiento de los “gilets jaunes” ha demostrado por ahora dos cosas, una gran capacidad de impacto en la sociedad a partir de una movilización relativamente modesta y, sobre todo, una desestructuración que hace casi imposible entablar un diálogo con ellos. Escuchando los días pasados a algún miembro del Gobierno uno creía escuchar a los dirigentes empresariales de finales del XIX que pedían a gritos la creación de los sindicatos para así tener con quien sentarse a negociar…

No es fácil entender lo que está pasando, porque la cólera no viene de esos 4.5 millones de franceses excluidos que necesitan de la ayuda social para sobrevivir. La movilización está viniendo de quienes, teniendo un empleo, a duras penas consiguen llegar a finales de mes. Hay quien cifra esta capa de población en 5 millones, pero yo creo que nadie lo sabe con certeza. En una demostración más de la inteligencia del poder para modificar el lenguaje, en Francia se ha acuñado hace tiempo el parámetro “pouvoir d’achat”, poder de compra; los ciudadanos son así  desprovistos de sus derechos democráticos y reducidos a meros consumidores. Hoy algunos quieren que se utilice el término “pouvoir de vivre”… Evito la traducción, las explicaciones son innecesarias.

En el plano político se pueden ver diferentes estados. Por un lado hay quienes ven en el Presidente Macron el último dique para retener a la ultraderechista Marine Le Pen, basándose en unas elecciones en las que sólo Macron pudo vencerla en los votos. No seré yo quien defienda esta tesis. Por otro lado hay algunos teóricos que hablan de la legitimidad del poder conseguido en las urnas por un estrecho margen, que es la realidad de todas las elecciones a día de hoy si contamos todo el cuerpo electoral sin excluir las abstenciones; una legitimidad que el poder tiene obligación de refrendar con su acción de gobierno y que, en el caso de Macron, ha sido todo lo opuesto a lo que hubiera sido deseable: poder vertical centrado en su persona, alejamiento de las preocupaciones de la ciudadanía, nula empatía con sus conciudadanos rayana en la soberbia… A día de hoy el capital que Macron creía haber ganado en la escena internacional parece haberlo perdido entre quienes tienen que votarle.

Esta misma noche Macron se ha dirigido a los ciudadanos apelando a la calma, cómo no, y ofreciendo lo que en las próximas horas será catalogado como de cacahuetes o como suficiente para retirarse y abandonar las trincheras. Es probable que con algo más de tiempo veamos que ni  lo uno ni lo otro, el descontento vuelva a aflorar y que esta vez lo haga de forma más organizada y con mayor eficacia reivindicativa, porque si hay algo que ha ocurrido estos días es que la lista ha crecido tan rápidamente que había perdido fuerza y credibilidad en el criterio de quien escribe. 

Acabo con una serie de puntos concretos sobre lo que está pasando o ha pasado que puedan quizá aclarar al lector menos familiarizado con la actualidad francesa:

  • un Gobierno nunca puede suprimir los impuestos “para ricos”, como era el caso del Impuesto Sobre la Fortuna (ISF) a la vez que suma un nuevo impuesto a sufrir por los más desfavorecidos, caso de la “taxe carbonne”.
  • Va con lo anterior: todo, absolutamente todo lo que hace un Gobierno debe ser negociado, corregido, vuelto a negociar, explicado, vuelto a corregir… No se puede pretender aplicar la “taxe carbonne” cuando no se ha dejado nada claro que se va a hacer con ese dinero; si se quiere realmente luchar por una movilidad menos contaminante hay que explicar cuánto dinero se piensa recaudar y como se piensa gastar, euro a euro, que al fin y al cabo el Gobierno es solo el gestor del dinero, pero no su dueño.
  • la Constitución francesa hace tiempo que tiene fugas. El papel del Presidente y el Primer Ministro no están donde debieran, y una nueva República debería ser una salida en un plazo medio. En esa nueva República habría que redefinir también el papel de la Asamblea, que ha quedado en la actualidad reducida a una correa de transmisión del poder presidencial.
  • La economía francesa, según los parámetros parametrables por parte de los parametradores económicos, se está hundiendo y necesita reformas. Entiéndase el mensaje: las reformas que se piden son las mismas que se vienen aplicando a la economía española desde hace décadas con los resultados ya sabidos. Habiendo conocido la reacción de Bruselas a la subida del salario mínimo pretendida por el Gobierno Español, tengo curiosidad por saber lo que dicen ahora que Macron acaba de anunciar una subida de 100 euros del SMIC, el salario mínimo francés, que se situaría así en 1598 euros/mes. De lo que nadie habla en cambio es que la sociedad francesa, que no la economía, necesita cambios y necesita modernizarse; en la hora de los ordenadores y del todo electrónico da todavía grima ver a alguien pagando con un cheque en un supermercado, pero eso es solo un detalle sin importancia. 
  • Disminuir lo que yo llamo la “cultura de la confrontación” y estimular la “cultura de la negociación”. Pero esto da para otra entrada y para contar varios ejemplos que he podido vivir en primera persona en mis años holandeses y franceses. 


Suelo acabar con música, la elección es fácil: hoy, ahora mismo, están pasando en el canal arte el filme Novecento, esa película que un buen amigo definió un día como la mejor película social. Una película y una banda sonora que me acompañarán mientras tenga memoria.






domingo, 28 de octubre de 2018

Tolosa 2018 - Mikrokosmos

La próxima semana, coincidiendo como siempre alrededor del festivo 1 de noviembre, se celebrará en Tolosa un festival coral que pasa por ser uno de los más reputados en Europa. Con la fórmula de concurso empezaron hace justo ahora 50 años y para resaltar tal efeméride, como no podía ser menos, se dan (nos dan) un homenaje invitando a los mejores coros de los últimos años; es decir, durante unos días Tolosa va a ser poco menos que el centro del mundo coral, con coros venidos de Suecia, Estados Unidos, Filipinas, Alemania, Indonesia, Letonia, Noruega… Habrá dos coros vascos de enorme calidad, y también un coro asturiano, formando con ello lo que yo llamo el trío de los milagros, porque es imposible hacer tanto como hacen con tan pocos medios como se dedican en España a la cultura, menos a la música y mucho menos a algo tan reducido aparentemente como es el mundo coral. 

Asiduo visitante como soy desde que acudí la primera vez, hace tres años me propuse a los organizadores del certamen para acompañar algún coro, tarea que puede ser ingrata si no te gusta la música, pero que en mi caso se convirtió en una de mis mejores experiencias humanas y musicales. La suerte, o los organizadores, quiso que me tocara acompañar al coro francés Mikrokosmos, dirigido por Loïc Pierre, a quienes yo había visto concursar en alguna ocasión anterior. En 2015, el año del que estoy hablando, Mikrokosmos estaba comenzando una nueva aventura en su viaje coral y venían a mostrarla. En lo que al concurso se refiere, arrasaron, se llevaron todos los premios posibles, y este año vuelven al concurso de Tolosa… y con el mismo acompañante.

La aventura ha continuado desde entonces, y Loïc Pierre sigue imaginando su particular tríptico coral, un sueño que ocurrirá durante toda una noche en un teatro. Ya tiene las dos primeras partes, y en mayo pasado tuvimos ocasión de comprobar en qué estado se encuentra su sueño: una reunión entre público y coro con la primera parte, Jumala, un intermedio en el que cada uno pudo charlar con los amigos mientras comía y bebía, mezclado con los coristas, con otros intérpretes que experimentaban improvisaciones musicales, para acabar con la segunda parte, La nuit devoilé. Fueron cuatro horas vividas con una emoción e intensidad más propias de otros mundos y, que yo sepa, ajenas hasta hoy al mundo coral.


Hace justo un año Mikrokosmos recibió una de esas ofertas irrechazables para un artista: grabar un concierto en el Mont St Michel. Es el vídeo que os dejo aquí. Voy a hacer la misma recomendación de otras veces: dejadlo todo, cread las mejores condiciones que podáis y dejaos llevar por esta hora de música inigualable, imaginaos dentro de la iglesia, el coro desplazándose y el sonido moviéndose con el coro, con todo este contraste de melodías nórdicas, polifonía francesa, canciones populares de Estonia, los juegos de Meredith Monk… Allá donde han ido con este espectáculo, y ya son más de 100 representaciones, han levantado al público de sus asientos. Yo fui testigo de su presentación en 2015 en una iglesia cerca de Santander y el público, literalmente, acabó con lágrimas en los ojos.


domingo, 21 de octubre de 2018

Eduard Angeli



Había llegado esa semana a Viena por un asunto de trabajo, era viernes por la tarde y decidí quedarme al menos un día más para llevarme de vuelta algo más que horas encerrado en una sala de reuniones. Y mereció la pena. Fue en abril del año pasado, ese viernes programaban Las bodas de Fígaro y yo no me lo quería perder. La reventa andaba por los doscientos y pico euros, pero yo no estaba por la labor y mi intuición me decía que aquella cola que daba la vuelta al imperial edificio de la Staatsoper estaba esperando algo mejor que el sablazo de un truhán: a última hora se venden entradas, de pie y en el último piso, por el precio de 3 euros, tres euros. Vi el primer acto de pie, acústica impecable, visión parcial del escenario pero perfecta para localizar unos asientos vacíos un piso más abajo. Allí vi el segundo acto y pude hacer un amigo, un vienés ya mayor, pelo blanco, al que le hablé de mis planes de visitar al día siguiente el museo Albertina y una exposición antológica de Egon Schiele de la que algo había leído. Con tacto y buena educación me dijo que él también estaba interesado en la antología de Schiele, pero me recomendó que, si tenía tiempo, visitara también en la planta de abajo una exposición de Eduard Angeli, pintor que luego resultó ser amigo suyo.





Hablaré en otro momento de esa representación de Las bodas de Fígaro, de lo que supuso escuchar Mozart en ese templo y con esa orquesta (con el nombre orquesta de la Staatsoper tocan los mismos músicos que en la Filarmónica de Viena); hablaré en otro momento del encuentro con este amigo que resultó ser alguien “conocido”, pero ahora se trata de Eduard Angeli.




Fui temprano el sábado al museo Albertina, que para quien haya visitado Viena resultará familiar incluso sin haber entrado: está entre el monumental edificio de la Ópera y el palacio de Hofburg, en pleno centro turístico. Fui directamente a la exposición de Egon Schiele, que todavía a primera hora se podía visitar sin demasiados agobios; terminé, no era tarde, y siguiendo la recomendación que había recibido la víspera, bajé a visitar la exposición de Angelli. Salas sin apenas visitantes que se podían recorrer siguiendo el tiempo del propio placer y de la intuición. Pinturas siempre de gran formato, casi siempre de 190x240, a veces 190x300. Luz, luces, colores, paisajes reales o imaginarios, desiertos, piscinas con pájaros volando, urbes bajo la niebla, con más niebla… inquietud, tensión, ahora placidez, reposo… Aquellas pinturas de un pintor del que nunca antes había oído hablar me atrapaban y me rodeaba cada una de su universo propio. Tan pronto podía sentir sed ante un paisaje desértico que temblar de frío ante la visión de la ciudad invadida por la niebla invernal. Silencio, casi nadie por las salas y mucho tiempo por delante para recorrer varias veces la exposición. Dos sentimientos se impusieron a todos los demás: paz y calma. 



Si hay algo que busco en el arte es que no me deje indiferente, y la pintura de Eduard Angeli no lo hizo (la ópera de la noche anterior tampoco, pero ya hablaré de eso otro día). Pasé todo el viaje deseando llegar a casa para escuchar la única música que para mí podía ilustrar lo que había visto en la planta baja del Albertina: la Música Callada de Mompou, monumento musical en el que refugiarnos cada día de nuestra vida como yo lo había hecho por la mañana con la exposición de Angeli. 


Conté esto a mi amigo de la ópera, que me confesó ser un buen amigo de Angeli, y se mostró interesado en mi búsqueda musical para la exposición. No he tenido ocasión de volver a Viena, de volver a verle, de que vuelva a decirme que él es vienés aunque su nombre suene francés. Tenemos pendiente una conversación de música y de pintura con una copa de buen vino vienés. A veces la espera es larga y yo vuelvo a abrir el catálogo de aquella exposición escuchando a Mompou.