sábado, 4 de mayo de 2019

La velocidad de las nubes


Fotografía: portada de La velocidad de las nubes, de Ana Fructuoso Ros


Querida Ana:

por fin he conseguido hacerme con un ejemplar de tu novela La velocidad de las nubes. Te prometí devorarlo en cuanto lo tuviera, pero no he podido, me ha sido imposible hacerlo por dos razones; la primera, ciertas ocupaciones que me han tenido prácticamente secuestrado en Madrid con una taladradora en una mano y un destornillador en la otra; la segunda está ya más ligada directamente a tu novela y que me han hecho ir despacio para mejorar la digestión. No lo lamento.

Comparto con Matilde, la protagonista y narradora de La velocidad de las nubes, una serie de vivencias que no son siempre fáciles para mí de recordar y asumir. Más o menos de su edad, yo también vengo de una familia digamos conservadora, y tuve una educación también muy religiosa y ligada al catolicismo imperante en los sesenta. El recorrido de Matilde para dejar atrás un tiempo y una educación que no se correspondían con los cambios que la sociedad pedía a gritos tras la muerte del dictador no me son ajenos, y leerlos ha sido como si estuviera mirándome en un espejo en el que no me gusta todo lo que veo. Tal y como yo haría dos años después que la protagonista, ella también viene a Madrid para estudiar en la universidad. A partir de ese momento el recorrido de Matilde tiene menos coincidencias con el mío, pero no por ello he dejado de identificarme con lo que ella vive: búsqueda de una personalidad propia, huida de unas raíces percibidas como castradoras, lucha permanente contra el sentimiento de culpa grabado a fuego por la educación católica… 

Matilde va a vivir el amor, el desamor, la lucha contra sí misma, la confrontación entre un proyecto de vida y la dura realidad, el avance del tiempo que todo se lo lleva por delante… y la culpa, ese sentimiento tan atroz, siempre presente y que la persigue, quien sabe hasta donde. Me ha gustado particularmente que Matilde no se encuentre consigo misma hasta rechazar lo más fácil, lo más evidente y lo que en un momento de la novela parece que va a ser un final de cuento de hadas; la vida es otra cosa y lo cuentas muy bien en tu novela, cosa que he agradecido como lector. Sabes que hay una película en tu novela, la película de toda una generación; prométeme que si algún día viene un director de cine a llamar a tu puerta, no venderás los derechos si no te prometen que el final no lo cambiarán.

Voy a reconocerte que uno de los pasajes con los que más me he emocionado ha sido el del encuentro con el mendigo, y además no se explicar la razón, simplemente ha sucedido. Eso sí, me quedo con las ganas de preguntarte algo simplemente anecdótico: por qué Kazajistán? Yo hubiera escogido algún país báltico, pero he de reconocer que hay en ello una cierta predisposición musical de la que algún día espero hablarte.





He disfrutado mucho con la lectura de La velocidad…; he tenido a veces que pararme y pensar en mi propio recorrido. No siempre me gusta mirar hacia atrás, me gusta ser crítico con algunas cosas que hice y con otras que no fui capaz de hacer; hasta en eso me he sentido identificado con Matilde. Me gusta Matilde, me gusta lo que ha hecho y por qué lo ha hecho; he disfrutado conociéndola.

Termino esta carta con la banda musical que circula a través de las páginas de tu novela. Sería muy fácil quedarse con Blowing in the wind, yo he preferido Led Zeppelin y Stairs to Heaven, espero que no te importe. 




Besos desde este acantilado.




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